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28 de Septiembre de 2026

Caleta Tortel: el pueblo que se hizo a remo

28 de Septiembre de 2026

En una caleta de la Patagonia, en la región de Aysén, sin calles ni autos, unida por seis kilómetros de pasarelas de ciprés, tres vecinos, una de las primeras pobladoras, un retratista y una cocinera, cuentan cómo se levantó Tortel, quiénes lo habitan y qué lo mueve hoy.

Por Paz Radovic, desde Caleta Tortel. Fotos: Francisco Concha.

En Caleta Tortel el tiempo pasa lento. Acá no hay calles, hay pasarelas, casi seis kilómetros de tablones de ciprés de las Guaitecas montados sobre vigas artesanales como las de Chiloé, que suben, bajan y se enredan por el borde del cerro hasta el delta del río Baker, el más grande de Chile. Nadie anda apurado, entre otras cosas porque no se puede. Hay que mirar dónde se pisa y en invierno las tablas amanecen escarchadas.

El pueblo camina o anda en bicicleta. Ninguna distancia toma más de quince minutos a pie, salvo la subida al sector alto, donde está la rotonda y donde termina el camino de los autos. Todo lo demás está ahí: el muelle, la escuela, la posta, los restaurantes, las casas de teja mirando al agua.

Y están los perros. Son muchos. A toda hora salen a recibir a quien llega, lo acompañan un tramo de pasarela y lo entregan al siguiente perro, como si tuvieran repartido el pueblo por turnos. Es la primera bienvenida que uno recibe en Tortel, uno de los pueblos patagónicos más turísticos de la región de Aysén, visita obligada de la carretera Austral y de los lugares más aislados del mundo.

La partera que vio nacer las pasarelas

Carmen Rojas no quería vivir aquí. Era 1975 y a sus 26 años vivía una vida tranquila en Santiago, junto a sus dos hijas y familia alrededor. Su marido trabajaba en la la ECA, la Empresa de Comercio Agrícola del Estado que, entre otras cosas, se dedicaba a abastecer de productos a la gente de las zonas aisladas a precios razonables. Ese año necesitaban a alguien para cuidar el local de Caleta Tortel.

“Por ese tiempo no tenía idea dónde quedaba este lugar. Me acuerdo que me dijo ‘me voy a ir solo para ver cómo es y de ahí las mando a buscar’. Yo le dije, ‘ninguna posibilidad: o nos vamos todos o no se va nadie’”.

La ECA se había instalado en Tortel en 1966. La ocupación del territorio había empezado a principios del siglo XX con las concesiones de tierras fiscales. Pero mucho antes que todo eso, los canales fueron territorio kawésqar, los nómades canoeros que navegaban esta zona desde tiempos prehistóricos.

La caleta fue fundada oficialmente el 25 de mayo de 1955, el mismo año en que la Armada instaló ahí su Puesto de Vigías y Señales. La comuna se creó el 27 de agosto de 1970 y la municipalidad recién se inauguró en 1981.

Rojas recuerda que tuvo que esperar dos meses en Punta Arenas para poder trasladarse en barcaza a lo que sería su nuevo hogar. “Cuando llegamos no había nada aquí. No había luz, ni agua, no había casas alrededor, ni siquiera las famosas pasarelas de hoy día”.

También tuvo que aprender a remar la misma semana que llegó. “Echaba a mis chicos al bote y me iba con ellos al otro lado de la caleta para poder lavar ropa”.

El problema era que, por esos años, Carmen Rojas estaba embarazada de su tercer hijo y en un pueblo sin posta, eso se volvía una complejidad. Por eso, fue a tenerlo a la Capitanía de Puerto de Caleta Tortel, atendida por un marino de la Armada.

Esa experiencia la impulsó a ayudar a otras mujeres del lugar a tener a sus hijos. “Recibí como cuatro guaguas más o menos, ayudándole al enfermero, porque no había nadie más que le ayudara. Y es lindo porque ahora las sigo viendo y ya son abuelas.”

Las pasarelas, lo que hoy es la postal turística de Tortel, llegaron después. La municipalidad las data desde los años 70, construidas de a poco como “envaralados, puentes y escaleras”.

Después vino lo que terminó de cambiarlo todo. En 2001, el pueblo fue declarado Zona Típica por decreto, protegiendo la caleta, los muelles, las pasarelas, las casas y la vegetación del cerro, según el Consejo de Monumentos Nacionales. Y en 2003 se inauguró el tramo de la Carretera Austral que conectó por tierra a Tortel con el resto del país.

El marido de Rojas, murió a los pocos años de llegar. Todo indicaba que después de esa pérdida, lo natural era volver a Santiago. Y aunque se fue cinco meses a la capital, a la casa de una cuñada, una vez allá, se hizo una pregunta. “¿Qué hago acá sola? Me voy a ir a Tortel de vuelta”.

Así volvió. Hoy lleva más de veinte años sola y cuatro hijos criados sobre estas pasarelas. Su vida ahora es muy distinta a la que encontró cuando llegó. Hoy hay costanera, restaurantes, ferry y turistas bajando del bus. Carmen mira todo eso y comenta algo con nostalgia: “ahora, como que encuentro que hay mucha gente.”

Las 68 caras de Eduardo Velázquez

Después de 52 años viviendo en el mismo lugar, en 2016, Eduardo Velázquez se propuso un desafío: retratar a todos los habitantes antiguos de Caleta Tortel, esos que habían hecho el pueblo.

Le dicen el retratista de la caleta: un hombre de boina, la camisa abierta a pecho descubierto y el mate en la mano desde temprano hasta que se acaba la tarde.

En la entrada de su casa hay una nota de prensa enmarcada, ya amarilla por el paso del tiempo, sobre cómo Tortel se potencia con más servicios y más atractivos para su patrimonio. Es lo primero que ve el que llega.

Dentro de su casa hay gente, retratos colgados en las paredes, mirando. También hay antigüedades acumuladas y un libro de poemas escrito por él y hecho del único material que este pueblo ha tenido siempre a mano: madera.

“Hice 68 retratos. Y me costó, sí. Me costó como cinco meses hacerlo, porque el problema era conseguir las fotos de las personas. Los 68 son nuestros padres, abuelos, tíos, en el caso mío amigos, gente adulta, gente que ya digamos se han ido casi todos”.

De esas 68 personas, calcula, deben quedar unas 10 vivas.

Velasquez vive aquí desde que nació, en 1964. Quizás por eso, él dice que es quien mejor conoce a los habitantes de este lugar austral. A cada una que retrató le escribió un verso, o les recordó algo: “lo que fueron o sencillamente rescatar su personalidad, algo así especial que hayan tenido”

Para él, la gente de Tortel es el original “patagón”. “Aquí la identidad es una persona de respeto, sabe respetar. Nuestros viejos antepasados son rectos, cuidadosos y muy respetuosos con los demás. Ese es el patagón.”

Lo que Velásquez retrata es un pueblo que ya casi no existe y que él vio funcionar. “El sustento de vida siempre ha sido el ciprés. Esa es la primera fuente de trabajo.” Ese ciprés, cuenta, sostuvo Tortel durante décadas y salía por el único camino que había: el agua. La Armada, dice, fue la que apadrinó la caleta. Y el abastecimiento entraba a cuentagotas.

“Aproximadamente cada cuatro meses, venía una barcaza que traía los productos a Caleta Tortel, los víveres, y uno a cambio embarcaba la madera, los postes ciprés. La gente se los llevaba a Punta Arenas, allá se negociaba la madera, por comida. Pero entre barcaza y barcaza podían pasar meses, y para salir del pueblo no había motor. “Ustedes ven lancha de motor: antes era puro remo”.

Él vivió esa vida entera. Conoció los zapatos tarde: hasta los seis años usó tamangos, cuero de vacuno amarrado al pie, y anduvo con eso sobre la nieve. Cuando fue a Punta Arenas por primera vez, ahí recién le compraron zapatos.

Hoy, esa costumbre de leer caras cuenta que la ejerce con todo el mundo. Tan conocido es en la caleta, que en todo programa de televisión sobre turismo aparece entrevistado. Navegó dos meses desde Tortel hasta Puerto Williams con Ricardo Astorga y Pangal Andrade, fue invitado al matrimonio de uno y a almorzar con Tonka Tomicic.

Pero el Tortel que sale en la televisión no es el que él tiene colgado en las paredes. Por eso cuenta su historia.

“Ojalá que todos los pobladores que estuvieron aquí hablaran. Solo así Tortel sería mucho más conocido en el país y en el mundo”.

La cocina de Loida Cruces

Un caldo de verduras, cordero a la olla con arroz y papas horneadas, y una compota de maqui. Ese es el menú de verano que ofrece El Chilco, el restorán de Loida Cruces, uno de los más conocidos de Caleta Tortel y -el rubro- uno de los motores más importantes de la zona.

Hoy Tortel tiene 118 empresas registradas, 100 de ellas microempresas, concentradas en construcción, hotelería y comercio. También tiene una escuela municipal con 83 alumnos y 582 habitantes proyectados según el Reporte Comunal 2023 de la Biblioteca del Congreso Nacional. El 38,4% se identifica con algún pueblo originario, un número muy por encima del promedio del país.

La escuela llega hasta octavo básico. Después, los niños se van: a Cochrane, a Coyhaique, algunos a Punta Arenas. “Ahí las familias igual se separan, los niños se van pequeños”, explica María José Farfán, trabajadora social de la Dirección de Desarrollo Comunitario del municipio.

Loida Cruces llegó a Tortel hace más de 20 años con sus dos hijos chicos, para estar cerca de sus padres. Antes había vivido quince años en Puerto Montt, y antes de eso había salido de su casa a los quince a trabajar como asesora del hogar puertas adentro en Coyhaique.

Desde que vive aquí ha hecho de todo: cuando llegó, dice, casi no había trabajo para mujeres. “Había trabajo de las que se llamaban áreas verdes. Hacíamos limpieza, pintábamos las casitas de los ancianos.” Después postuló para ser locutora de una radio local y aprendió de cero. En eso estuvo hasta que con su marido comenzaron el negocio de la comida.

“Siempre me gustó la cocina porque me recuerda a mi madre. Por eso, empecé a hacer sus recetas: las cazuelas, las pantrucas, el cordero, mi mamá lo hacía así con puras arvejas de campo, porque ella era de huerta y nosotros aquí también.”

Ese negocio, cuenta ella, existe porque Tortel cambió de motor. Cuando llegó el camino, llegó el turismo. “Cuando llegó la carretera empezó a crecer, porque entraron dentro fuentes de trabajo. Pasamos de tener dos locales de comida a una oferta mucho más grande”.

La alcaldesa Marisela Jiménez lo mide en el número de patentes comerciales de la comuna que se han inscrito en los últimos años. “Estamos creciendo, la gente se está atreviendo a emprender porque hay comercio local, hay liquidez en la comuna, hay más trabajo.”

Ese es el otro lado del pueblo que funciona a sus ritmos. Sostener un restaurante en Tortel es, antes que cocinar, una operación logística. “Nosotros por lo general viajamos a Cochrane a comprar nuestras cosas”, dice Loida Cruces.

“Tenemos que surtirnos, tenemos que tener nuestra mercadería ahí, no andar corriendo para comprar las cosas. Para que nosotros podamos entregar un buen servicio, tenemos que tener todo a nuestro alcance”, comenta.

Que abastecerse sea menos difícil es lo que separa a un negocio que aguanta de uno que cierra. Y Cruces lleva más de veinte años haciendo esa cuenta. “Antes, cuando recién llegué, sí lo sentía aislado. Yo decía: ¿por qué me vine aquí?”. Se lo preguntó durante años.

Hoy, el pueblo del que todos le decían que no iba a crecer, se llenó de pasarelas y de gente que viene de lejos a caminarla. “Sí, antes sí estábamos como al fin del mundo, hoy con todo lo que ha llegado ya no lo veo así”.


Walmart Chile llega a Caleta Tortel

En enero de este año, Walmart Chile comenzó a llegar con pedidos de e-commerce a Caleta Tortel, un pueblo sin calles donde el abastecimiento entraba dependiendo de la voluntad de terceros que viajaran. En zonas lejanas como esta, donde muchas veces no hay competencia, los precios se disparan: el ticket promedio supera en más de 110% al de zonas urbanas.

Cuando llegamos con nuestros precios, las familias ahorran entre dos y tres veces. Hoy la compra sale de una tienda Lider de Punta Arenas, viaja en camión a Puerto Natales y cruza los canales en ferry hasta la caleta. Antes de llegar nos sentamos a conversar con el municipio, la Cámara de Turismo y los comerciantes. Así llegamos ya al 90% de la población del país, de Putre a Puerto Toro. Y en agosto de este año también empezamos a llegar con e-commerce a Coyhaique. Eso para nosotros significa llegar para quedarnos.

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