4 de Mayo de 2026
4 de Mayo de 2026
Por Paz Radovic y Nicolle Estibill
A tres meses de los incendios que arrasaron en la región del Biobío y Ñuble, un almacenero, una educadora y un constructor cuentan cómo perdieron todo y cómo, a pulso, se están levantando de nuevo.
Los cerros de Lirquén, localidad costera de la comuna de Penco, en la región del Biobío, siguen contando lo que pasó la noche del 16 de enero, cuando los incendios forestales arrasaron con más de 4.000 viviendas en la zona. En las estructuras de las casas que quedaron en pie se alcanza a ver un detalle que dice más que los escombros: en las paredes, escritos con spray en letra grande, están los nombres de los vecinos junto a un número de teléfono. Lo hicieron porque después de evacuar, muchos tuvieron que irse a vivir donde familiares o amigos a otras comunas y, cuando los encuestadores del gobierno subían a rellenar las fichas de emergencia, no los encontraban. Para que no los olvidaran, dejaron su contacto visible desde los pies del cerro.
En casi todas las viviendas quemadas hay una bandera chilena colgada. Y entremedio de los escombros, gente trabajando: vecinos reconstruyendo ellos mismos sus casas, trasladando colchones, muebles y herramientas cerro arriba, mientras en las ollas comunes del barrio sirven cazuela para el almuerzo.
Esto es Lirquén después de la tragedia.
De todos los escombros que Juan Parra (57) encontró la madrugada del 17 de enero en el terreno en el que estaba su casa y negocio, hubo dos que todavía conserva. La primera, una alcancía donde, por años, junto a su señora, Bárbara Gutiérrez, llevaba guardando monedas de $500, de $100 y también billetes para poder irse de vacaciones a La Serena. La segunda, una caja metálica que guardaba en su almacén, donde había acumulado $180 mil pesos para donar a la Iglesia Evangélica en la que participan diariamente.
“Mira, aquí las tengo y no las voy a botar”, dice mientras muestra los billetes carbonizados, a casi tres meses del incendio que afectó a su familia y a gran parte de las regiones del Biobío y Ñuble.
Parra vive en ese sector desde hace 45 años, ahí fue donde creció junto a sus padres. Aunque a los 18 años se fue a Santiago en busca de mejores oportunidades laborales, en 2014 decidió volver. Lo hizo con su señora y tres hijos con el sueño de poner un almacén y volverlo su principal ingreso económico. Para pavimentar ese camino comenzó ahorrando vendiendo cachitos dulces en la playa y trabajando en una construcción. Cuando consiguió un terreno y juntó la plata necesaria para comprar lo básico, en 2020 inauguró el almacén “Sarai” en honor a su hija de 10 años que lleva el mismo nombre. Estaba justo afuera de su casa.

“Por las cuarentenas, donde estaba todo cerrado, el local se llenó, nos hacíamos unos $600 mil pesos diarios. Luego volvimos y bajó un poco la venta a tiempos normales”, cuenta. Tener un almacén en Lirquén no es cualquier negocio, dice Parra: “Para la comunidad es algo cerca, sobre todo en el tiempo de lluvia, acá llueve mucho. Es comodidad. La gente entra por una cosa y termina llevando cinco, pero es también el punto donde el barrio socializa”.
Así eran sus días hasta el 16 de enero cuando, mientras Parra y Gutiérrez estaban en Los Ángeles en una actividad de la iglesia, recibieron un llamado a las 10:30 PM de un vecino que les decía que el fuego se estaba acercando a las casas.
“Apenas colgué partí solo a ver, pero habían cortado las carreteras, tuve que tomar la Ruta de la Madera y terminé llegando a las cinco de la mañana, cuando se estaba quemando la última parte de Lirquén. De nuestra casa y negocio ya no quedaba nada”, relata.

Contarle a su señora y, sobre todo, a su hija de 10 años que se encontraba veraneando con su hermano mayor en el norte, para Juan Parra fue difícil. “Quise elegir bien mis palabras, así que lo que les expliqué fue que la razón por la que todo se había quemado era porque se vendría algo mejor”, dice.
Al tercer día, mientras limpiaba los escombros, recibió un llamado de Constitución. Una familia amiga les donó la estructura de una casa. Parra cuenta que a partir de ahí retomó el oficio de constructor para volver a empezar: se quedaba hasta las tres de la mañana forrando paredes y avanzando para que cuando su hija Sarai volviera del norte, encontrara todo -casi- como estaba antes.
Hoy, Parra y Gutiérrez recuerdan esto con su casa ya construida. Aún faltan algunos arreglos, pero ya tienen un living con un comedor, una TV y una cocina abierta de madera barnizada hecha por él mismo, donde pasan la mayor parte del tiempo. La casa tiene también dos piezas: una para la pareja y otra para Sarai, que al verla con puerta, cama grande y tele colgada, no pudo contener las lágrimas de alegría. Sus otros dos hijos ya son grandes y también han ayudado a reconstruir. Solo falta levantar el almacén, para volver a tener un sustento económico, dice Parra, quien reconoce que este tiempo solo han vivido de donaciones, ya que no tenían ahorros.

Todo esto, cuenta, lo ha hecho gracias a una fuerza que lo ha impulsado a no venirse abajo. Así lo resumió en un cartel que pegó fuera de su casa quemada y que terminó apareciendo en todos los noticieros que cubrían la tragedia: “Durante dos días lloramos, al tercero nos levantamos”.
La noche antes de reabrir su jardín, Cindy Jara (48) no durmió. Había pasado la semana organizando cada rincón del nuevo espacio para que estuviera perfecto. A las ocho de la mañana del 30 de marzo ya estaba ahí con su colega, lista para recibir a los apoderados. “Cuando las mamás supieron que los niños entraban al jardín reconstruido, no lo podían creer. ‘¿En serio?’, le decían. ‘Es verdad, está todo listo’, respondía yo. Los niños, al entrar, abrían los ojos y miraban, entusiasmados cómo todo era nuevo, materiales distintos y colores, pero todo en el mismo lugar de antes. Estaban fascinados”, relata.
Meses antes, el panorama era otro: de ese jardín solo quedaron los techos sobre un piso de ceniza. En los 14 años que Cindy Jara lleva como encargada, nunca había visto su espacio de trabajo así. Florcita Silvestre forma parte de uno de los programas de la Junji que recibe a alrededor de doce niños de entre 2 y 4 años. Llegó a la educación parvularia porque desde chica cuidaba a sus primos más pequeños; fue mamá a los 19 y después decidió estudiar, con un solo foco: enseñar desde la primera infancia.

El jardín fue fundado en 1996 por los vecinos de Villa Italia, un grupo de familias, varios de origen italiano, que compraron el terreno y lo construyeron con sus manos. Jara cuenta que es el único del sector de Villa Italia, un barrio de muchas personas mayores, donde todos se conocen. “El jardín, con la sede de vecinos atrás es lo más vibrante que tiene”, señala.
Por eso, el lugar cumple una función que va más allá: para muchos niños es un desayuno, un almuerzo o simplemente una compañía de sus profesionales hacia padres que buscan contención. “Es lo que permite a sus madres trabajar o estudiar. Para el incendio, cuatro de las nueve familias matriculadas fueron damnificadas directas del incendio. Yo misma vi cómo mis niños estaban viviendo en carpas, pero todos nos fuimos levantando de a poco”, señala.
Hoy reconoce que toda la experiencia la cambió. “Admiro al ser humano. Yo veo mucha resiliencia, es admirable cómo uno puede levantarse después de algo tan trágico”. El jardín ya funciona de nuevo, abrió sus puertas el 30 de marzo luego de estar cerrado casi dos meses y medio. Cindy lo resume así: “Vamos a volver a sonreír, a reír, a tirarnos en el suelo con nuestros niños”.
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