Por Antonio Díaz-Araujo, Gerente General de Unholster y Cristóbal Huneeus, Director de Data Science de Unholster.
El punto de inflexión fue noviembre de 2022, con la llegada masiva de modelos como ChatGPT. Su adopción fue vertiginosa, no porque la IA sea “más simple”, sino porque se montó sobre dos autopistas ya construidas: computadores e Internet. Mientras Internet tardó cerca de 15 años en alcanzar un 80% de adopción en Estados Unidos y los computadores alrededor de 20 años en llegar al 65%, los modelos de lenguaje han demorado apenas tres años en alcanzar un 40%. Una velocidad inédita.

Pero ¿qué hacen realmente las personas con inteligencia artificial? Los datos son claros. Estudios de OpenAI muestran que cerca del 70% del uso de ChatGPT ocurre fuera del horario laboral, principalmente para escribir y mejorar textos, buscar y resumir información y resolver dudas prácticas. Apenas el 0,28% se destina a programación, y una proporción todavía más reducida al análisis de datos.
En nuestra experiencia en Unholster, la diferencia es clara: a nivel personal, la IA funciona como un “editor exigente” que acelera el trabajo cotidiano; a nivel organizacional, su verdadero impacto aparece cuando se integra en procesos, productos y sistemas, apoyando decisiones, automatizando tareas específicas y resolviendo problemas concretos de negocio.
Otros estudios, como los de Anthropic, refuerzan esta idea. Cerca del 57% del uso de la IA no busca automatizar por completo, sino aumentar las capacidades humanas y reducir los tiempos.
En empresas chilenas, el patrón es consistente: chatbots de atención al cliente, procesamiento de documentos, monitoreo de información, búsqueda inteligente y generación de contenidos. La buena noticia es que, al menos entre las empresas que ya están experimentando, la discusión dejó de ser “usar o no usar IA”. En el plano personal puede ser opcional; en el mundo empresarial, se ha convertido en una decisión estratégica difícil de postergar.
Y no es la primera vez que enfrentamos un punto de inflexión de este tipo. En 1995, Bill Gates lo advirtió en su memo The Internet Tidal Wave: no es una moda, es una ola. Con la inteligencia artificial vivimos un déjà vu, pero a una velocidad mucho mayor y con menos margen para esperar.
Entonces, ¿para qué usan los chilenos la inteligencia artificial? Para trabajar mejor, no para dejar de trabajar. Para ganar tiempo y mejorar resultados. Y ahí está, precisamente, la revolución silenciosa: no ocurre con cambios bruscos, sino en miles de microdecisiones diarias que no hacen ruido, pero acumulan ventajas.
Hay que entrar a 2026 con un mito despejado: la IA no viene a reemplazar a las personas, pero sí a marcar diferencias entre quienes la integran con criterio en su trabajo diario y quienes deciden postergarla. Y ahí la ventaja no es tecnológica: es estratégica.