Relato desde Juan Fernández: así se vive a 670 kilómetros del continente

6 de Enero de 2026

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En el archipiélago la vida cotidiana transcurre entre el mar, la autosuficiencia y una comunidad que todavía vive de la colaboración entre vecinos. En un territorio donde no existe la inmediatez —sin delivery, supermercados a la vuelta de la esquina ni acceso fácil a insumos básicos— los habitantes han aprendido a vivir con lo que hay, compartir lo que falta y celebrar lo que llega. ¿Cómo es vivir en una de las islas más remotas del mundo?

Por Paz Radovic. Fotos: María Fernanda Ibarra

“Oye, a esto me refiero cuando les digo que acá no hay delivery, ni comida rápida, ni nada”. Eso relataba María Fernanda Ibarra (37) en un video que subió a Instagram el 20 de agosto del año pasado, donde mostraba a su marido buceando, mar abierto, para pescar un pulpo que se les había antojado comer.

El video no estaba grabado en el Caribe ni en un contexto seguro para meterse al agua. Con cielo nublado, viento, oleaje fuerte y un roquerío a pocos metros del buzo, lo que Ibarra mostraba era un pedazo de su vida cotidiana en la Isla Robinson Crusoe.

El post casi alcanzó el millón de visualizaciones, sumó más de 25 mil likes y coincidía —casualmente— con el anuncio que se daría dos días después de que Lider llegaría por primera vez con su servicio de e-commerce al archipiélago de Juan Fernández.

Y aunque el sabor de ese pulpo fresco quizás no reemplazaba lo que podía ofrecer un supermercado, sí revelaba una realidad de fondo: hasta ahora en Juan Fernández, la vida cotidiana se resolvía entre lo que daba el mar, lo que se cosechaba en la tierra y los encargos coordinados entre vecinos, que dependían de viajeros a Valparaíso para abastecerse una vez al mes —o incluso cada tres meses—. La llegada de un supermercado prometía cambiar esa ecuación.

Un oasis en medio de la vorágine

María Fernanda Ibarra, arquitecta de profesión, pero hoy influencer y artesana de textiles, estaba acostumbrada a vivir en lugares donde costaba abastecerse. Casi toda su vida la había pasado en Aysén, en plena Patagonia junto a su familia y, dice, era un poco lo mismo: nunca tuvo frutas frescas ni podía ir al supermercado. Esperar un barco que llegaba cada cierto tiempo y tener que pedirle a un intermediario que comprara sus productos era algo a lo que estaba habituada.

“Esa carencia de que ´no hay, improvisemos´ la he vivido varias veces. Por lo que no me costó mucho adaptarme a lo no inmediato. Si no queda algo, no importa, llegara en unas semanas más”, comenta.

La vida en Juan Fernández era también un poco así, según dice. Descubierta en 1574 por un navegante español que venía evitando la corriente de Humboldt, por el archipiélago han pasado piratas para refugiarse y patriotas que, durante la guerra por la independencia en 1814, fueron desterrados a vivir en precarias condiciones por ser cabecillas de la revolución.

Reconocida como colonia chilena en 1895 y declarada por la UNESCO como Reserva de la Biósfera por su flora y fauna endémica, las rutinas de los poco más de mil personas que residen en el archipiélago se resumen en la pesca de langostas, en el trabajo con el turismo y en su compromiso con la sustentabilidad. “Lo que más me impactó cuando llegué fue el respeto que tiene la gente con la isla. Mi hijo, por el colegio, sabe lo que es una planta endémica, sabe los animales que están en peligro de extinción y cómo se tienen que cuidar”, cuenta Fernanda Ibarra.

Hasta 2016 que se instaló en la isla, lo único que la arquitecta conocía de ella era el accidente aéreo de 2011 en el que iba Felipe Camiroaga y un equipo de personas a apoyar con la reconstrucción del terremoto de 2010. La razón de su llegada fue por un proyecto de arquitectura para el que estaba trabajando. Su estadía, al principio, iba a ser pasajera hasta que conoció a su marido, quien formaba parte de un grupo de pescadores que se pasaban temporadas en otras islas lejos de Robinson Crusoe. Pero cuando volvían a reunirse con amigos y familias, se celebraba como un gran hito. Fue en esas instancias que se enamoraron y ella decidió quedarse.

Viviendo en la isla, Ibarra tuvo que modificar varios aspectos de su rutina. El primero fue aprender a vivir desconectada: el acceso a internet llegó de forma significativa y masiva recién en 2020, con la instalación de antenas satelitales como Starlink. También debió aprender a nadar y adaptar su alimentación. Antes era vegetariana y, de hecho, llegó al archipiélago con varios kilos de almendras y semillas de zapallo, productos que con el tiempo se volvieron casi imposibles de conseguir.

Hoy, en cambio, bucea y se baña en el mar todas las mañanas antes de empezar con su día, además de cazar animales junto a su esposo para conseguir sus proteínas. Todo ese proceso lo empezó a mostrar en su cuenta de Instagram, @fehu.austral, donde tiene más de 54 mil seguidores.

“Me acuerdo de una vez que me criticaron por subir un video en el que cazábamos chivos. La gente no entiende que acá no es llegar y pedir lo que se les antoje comer. Acá el agua la sacamos de la vertiente; si quieres comerte un ceviche, yo voy con un arpón a buscarlo. Vendemos pescado, tenemos gallinas y, cuando queremos comer un gallo, matamos uno”, cuenta la influencer.

Operación Juan Fernández

En mayo del año pasado, Fernanda Ibarra recibió un llamado de Walmart con preguntas. Querían saber cómo era el tema del embarque de productos, cómo se vivía en la isla y cuáles eran las necesidades de los fernandecianos, como se denominan ellos. Apenas cortó el teléfono, fue la primera en correr la voz y partió a contarle a sus vecinos y familia.

“Acá ya había otra cadena que llegaba, pero no con los precios bajos que tiene Lider. Entonces todos, indirectamente, terminábamos pidiéndoles a terceros que nos trajeran esos encargos del continente”, dice Ibarra.

La operación no era para menos. Empezar a viajar recurrentemente 700 kilómetros por medio de un ferry cargado desde Viña del Mar, se trataba de un proyecto desafiante, pero con un fin concreto para Walmart Chile: el compromiso con las comunidades de llegar a donde estén los clientes, sin importar la distancia, ampliando aún más la cobertura que hoy permite que más del 90% de los chilenos tenga un supermercado a menos de una hora de su casa.

Juan Fernández no fue el único destino remoto al que se llegó con e-commerce este año. En octubre de 2025, aterrizó también en la Isla Santa María, en la región del Biobío, donde los habitantes debían viajar tres horas en barcaza, una vez por semana, para abastecerse en la comuna de Coronel, Concepción. Antes, en 2024, Walmart también se instaló con presencia online en Putre, en la región de Arica y Parinacota. Y más tarde, en 2020, lo hizo hasta Puerto Toro, región de Magallanes, el poblado más austral del mundo donde solo viven 25 personas.

Todas estas aperturas forman parte de algo más grande en la compañía. Un plan de inversión de US$1.300 millones contemplados para ocupar de aquí al 2029. Este, considera la apertura de 70 nuevos supermercados, con un 70% de ellos instalados en regiones.

La creación de empleos también entra en este proyecto. “Al cierre del 2029 habremos creado 4.000 nuevas oportunidades laborales para los vecinos de nuestras distintas tiendas y centros de distribución, lo que se traduce en un aporte a la estabilidad económica de alrededor de 1.000 familias, así como posibilidades de desarrollo profesional a los nuevos colaboradores”, destacaba Cristián Barrientos -desde octubre CEO de Walmart en México y Centroamérica- durante la presentación del plan a finales de 2024 en Punta Arenas.

Para habilitar el e-commerce en Juan Fernández, Walmart siguió un proceso que partió por identificar la demanda: las solicitudes de intención de compra que se mapean regularmente en la compañía ya identificaban el interés de la comunidad.

“Evaluamos el acceso y confirmamos que el ferry, que viajaba de Viña del Mar al archipiélago, no implicaba costos adicionales, lo que facilitaba la operación”, cuenta Cristhian León, líder de Red Omnicanal de Walmart.

Tras coordinarse con Transmarco, la empresa que administra el transporte marítimo, se reunieron con los vecinos para explicar cómo funcionaría el servicio y qué productos necesitaban. También se hizo un trabajo de capacitación para que todos los vecinos pudieran descargar la aplicación con facilidad y realizar los pedidos. Con la logística resuelta, solo quedaba configurar la plataforma: definir el polígono de despacho, realizar pruebas y activar la operación para que, desde la isla, las compras fluyeran como cualquier pedido más.

Lo primero que pidió Fernanda Ibarra cuando se habilitó el proceso de compra fueron los productos “a mil”, de los que —reconoce— siempre ha sido fan. También encargó colaciones para su hijo, ítems Marca Propia y cosas de despensa general. “Hay personas que pidieron hasta el árbol de navidad y eso no existía”.

Después de su primer encargo, le tocó esperar dos semanas, mientras colaboraba con el equipo de Walmart para comunicar la llegada del e-commerce a la isla.

Fue ahí que captó un momento con su celular: mientras su hijo jugaba en el living con vista al mar abierto de Robinson Crusoe, vio cómo el ferry se acercaba a la costa. “¡Mamá, mamá, ahí viene el pedido del Lider!”.

Lee la crónica completa en la revista digital WHY de walmartchile.cl

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